Aportaciones de Raúl Anguiano a la Cultura Artística Mexicana
Carlos Blas Galindo


Escribí por primera vez acerca de Raúl Anguiano en 1990. Fue a petición suya aun cuando él no me lo requirió directamente, sino que lo hizo por voz de mi padre. Como él y Blas Galindo eran contemporáneos, paisanos, amigos y, a la sazón miembros de la Academia de Artes, y se encontraban al menos una vez por mes cuando acudían a esa institución, en una de aquellas reuniones le pidió que me transmitiera su deseo. Anguiano sabía que yo era columnista en la sección cultural del periódico El Financiero y que ahí publicaba tanto textos de crítica de artes plásticas y visuales como escritos acerca de las políticas culturales de los gobiernos en turno. Por aquel entonces Anguiano demandaba apoyo pues Teresa del Conde, quien había sido designada hacía poco directora del Museo de Arte Moderno (MAM), dependiente del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), se había negado a acatar el compromiso institucional que por escrito había hecho el anterior director de ese museo, Óscar Urrutia, en el sentido de organizarle a Anguiano una exposición individual en el MAM.

 

Ignoro si Raúl Anguiano tenía noticias de mi cercanía con Del Conde y si imaginó que yo hubiese podido mediar en el conflicto, pero lo cierto es que le dediqué a su caso una de mis columnas. En ella planteé que tal negativa tenía su origen, más allá de las indudables filias y fobias por parte de la titular del MAM, en la carencia –como la que hoy subsiste– de una política cultural definida y explícita (lo cual no quería ni quiere decir que no haya habido o que no exista dicha política), así como en la falta de una claridad en cuanto a lo que al interior del INBA se denomina la “vocación” de los museos que dependen de ese Instituto. El MAM tenía –y conserva– la función de mostrar ejemplos de la producción plástica mexicana realizada a partir de la década de los 30 del siglo pasado (pese a lo cual, cuando fue inaugurado, contaba con una sala dedicada a la obra de José María Velasco, por supuesto fechada mucho antes de los 30), a la vez que el propósito de exhibir obras “de arte contemporáneo internacional”.

 

Sabedora de lo anterior, Del Conde se había propuesto ejercer su potestad como directora e interpretar a su manera ese designio, a fin de privilegiar exposiciones de la autoría de artistas locales que formaran parte de la segunda oleada de neovanguardistas. Es decir, de los nacidos en los 50 del siglo XX y que iniciaron sus trayectorias en los 70 de la misma centuria (los de mi generación)… solo que no divulgó aquella determinación suya, por lo que Anguiano estaba seguro de cumplir con los requisitos para ser expositor en ese museo. El quebrantamiento oficial de la “vocación” del MAM enrarecía el ambiente cultural en aquella época pues por ejemplo, apenas unos diez años antes, en el MAM se había presentado la exposición Los caballos de San Marcos (alusiva a los cuatro caballos de la terraza de la fachada de la Basílica de San Marcos, en Venecia, Italia), ¡referente a piezas realizadas en fechas anteriores a nuestra era! que ninguna relación tenían con el arte de la modernidad nacional ni con el arte contemporáneo occidental no mexicano.


Ahora que se conmemora el primer centenario del nacimiento de Raúl Anguiano, y a 15 años del referido incidente, la situación en cuanto a las políticas del sector público en materia de cultura artística ha variado muy poco, pues tales políticas no se encuentran precisadas con claridad ni tal definición se difunde. Se requiere interpretar, a partir de los hechos consumados –y sin atender al declaracionismo generalizante que es característico de los planes de desarrollo–, cuál es la orientación de la política cultural en cuanto a las artes plásticas, visuales y conceptuales para llegar a la conclusión que, actualmente, desde el sector gubernamental se propicia el cultivo de lenguajes derivados del mainstream globalizado, a fin de contar en nuestro país con un mainstream interno que sea satelital con respecto al que predomina en Occidente… sin embargo tal rumbo no se halla trazado en ninguno de los documentos oficiales del subsector cultura.

 

Lo que sí se pregona en los planes gubernamentales es el compromiso de salvaguardar y divulgar el patrimonio artístico nacional. Empero, esto se cumple de manera discrecional por lo que, no obstante que existe obra de Raúl Anguiano en los acervos públicos que se encuentran bajo custodia del gobierno en turno, cualquier servidor público puede no querer difundir esa parte de nuestro patrimonio: la que está conformada con obras de Anguiano. Ahora bien, la decisión que Teresa del Conde asumió hace 15 años, ¿mengua las aportaciones que Raúl Anguiano hizo a la cultura artística mexicana? No. De ninguna manera. Incluso es muy posible que Del Conde las considere. La necedad de quienes por ahora ocupan puestos públicos en el subsector cultura y son renuentes a homenajear a Anguiano con motivo del primer centenario de su nacimiento, ¿hace mella en la importancia cultural de la producción de este autor? No. No es así.

 

Y ¿cuáles son los aportes que Anguiano hizo a nuestra cultura artística? El de mayor relevancia fue el de haber demostrado con creces el largo aliento con el que contó la vanguardia mexicana en el siglo XX. Otro, de no menor rango en importancia, fue el de haber demostrado, también con creces, la diversidad temática y estilística interna que tuvo dicha vanguardia endógena. Como vanguardista cumplió a carta cabal, en tanto que autor y conferenciante, con diversos preceptos de la modernidad: con un humanismo basado en las ideas de progreso y utopía, con un profesionalismo sustentado en la búsqueda de la originalidad, con una filiación colectivista y nunca de ocasión. Como vanguardista, en los años 30 de la pasada centuria cultivó un nacionalismo basado en la exaltación de lo originario y la identidad. Algunos años después convergió con las causas libertarias en un mundo y un país en los que abundaban quienes creían inevitable el triunfo del fascismo. Y, una vez disipada la amenaza histórica nazi, se ocupó de investigar a fondo en las posibilidades técnicas del dibujo, el esmalte, la gráfica, la pintura (en soporte mural y en formatos transportables), el textil y lo volumétrico, así como en distintas iconografías y en el género del retrato.

 

Después de aquel escrito mío de 1990 me he ocupado de la producción artística de Raúl Anguiano en varias ocasiones. Lo hago nuevamente, a 100 años de su nacimiento, anhelando que estas líneas contribuyan a la justa valoración de su extensa obra.